Entradas

Todo pasa

 Enamorarme de la vida me costó. Me costó tanto como cuesta lavar los platos un día que tú corazón está roto. Tanto como decir que no a algo que realmente querés, pero que sabes que no necesitas. Me costó como cuesta aprender a andar en bicicleta, donde es frustrante y te caes mucho, te raspas las manos y sangras. Me costó mucho, y dolió también.  Pero poco a poco me fuí enamorando. De las mañanas, de los árboles y de cómo la brisa de primavera mueve sus hojas. Cuando dejé de estar enojado con la vida, y cuánto costó eso también, empecé a ver para afuera. Y afuera de ese enojo, hay algo bello, bellísimo. Hay detalles pequeños que quizás no notamos cuando estamos enfocados en el enojo. En el resentimiento o en las heridas del pasado. Cuando abrís los ojos, despacito, con cuidado, podés llegar a ver los detalles. La brisa, los árboles y las mañanas. Y te das cuenta cuánto tiempo perdiste en estar dentro tuyo, enojado con la vida. En vez de estar acá afuera, disfrutandola. Pero t...

Dentro de mí

[ADVERTENCIA: TEMÁTICAS SENSIBLES] Cinco de la tarde empezaba la sesión. Como cualquier otro lunes. Estaba yo sentada en esa silla roja que aparenta ser cómoda, pero en realidad no lo es. En realidad, solo te recuerda de dónde estás sentada, de que estás loca y que tenés una familia rota.   La sesión de terapia comienza oficialmente cuando el Doctor Mateo Gutiérrez entra a la habitación a las cinco y siete minutos. Parecía que le gustaba hacer esperar un poco a sus pacientes, no sabía si para hacerlos sentirse menos o para sentirse él más importante. El Dr. me pregunta cómo estoy y ahí empieza el baile. “El baile” es a lo que yo llamaba al ida y vuelta de preguntas vacías. “¿Cómo estás?” “todo bien”    Me pregunta por mi familia, como andaban las cosas en casa. Con ese tono de voz de preocupación tan falso. Esa mirada y esa media sonrisa hipócritas. Desvío la mirada a la esquina de la habitación donde se encontraba un mueble, un tipo de estantería donde solo había un f...

Martín Pescador segundo

 Hay algo de ese Martin Pescador, que viene durante el día, varias veces, a colgarse de la soga de la ropa. Ahí se sienta, se acomoda las plumas y luego se va.  Hace unos días ya que mi gato, el muy bandido, cazó un Martín Pescador. Me lo trajo hasta mis pies descalzos mientras tocaba la guitarra un día de sol. Tan bella ave, tan… muerta. Tan cerca mío. Decidí tomarlo entre unas servilletas, llevarlo al fondo del jardín y con una palita de jardinería hacer un pozo. Lo enterré donde solía haber un árbol hace unos años. Si el pájaro sacará raíces, o si crecerá alto, alto tan alto como lo era el ficus.  Desde ese funeral que empecé a notar a un visitante en la tumba. Un familiar o amigo quizás. Otro pajarín, plumas marrones, pecho amarillo y rayas blancas en su pequeño rostro. Se veía familiar.  Este segundo Martín Pescador viene seguido a colgarse en la soga de colgar la ropa. Y ahí se sienta, se acomoda las plumas pero da vueltas. Se lo nota inquieto generalmente. Nun...

Tiempo al Tiempo

 Son casi las ocho de la noche. Por la ciudad iba metido en mi mundo, distraído por las luces danzantes que alumbran este pobre lugar. Mi sombrío alrededor no es más que un colectivo lleno de gente, cada une con distintos destinos. Algunos lejanos, otros no tanto. Pero en fin, con un lugar al cual ir, al cual volver cuando se sienten mal y al cual despedir cuando siguen vuelo. La tarde va desapareciendo mientras la oscuridad toma las riendas de lo que va a ser otro sin fin de sueños enloquecedores sin sentido alguno de los que no deseamos despertar jamás. Mirando por la ventana me encontraba perdido en un interminable océano de palabras que no sabía exactamente cómo expresar y heridas que no sabía exactamente cómo sanar. Tan hundido en la nube de mi propio ser que había perdido la noción de mi cuerpo cuando un pequeño angelito me roza el brazo. Me mira como si me conociera, me toma la mano y me dice “Un río puede ser el mismo pero la corriente que fluye lo va transformando, cambian...

El Ruido

  Todo comienza en un techo, no cualquier techo. Un decimotercer piso, de su edificio, ese es el piso de la terraza. El edificio era medianamente viejo, tenía su antigüedad en la ciudad, muchos niños susurraban por lo bajo que el mismo estaba embrujado. Claro, teniendo ya sus años y siendo uno de los edificios más antiguos en su apariencia y menos pintorescos en el sentido de mantenimiento del mismo, cualquier niño puede llegar a pensar que está lleno de entes y fantasmas. Me despierto una madrugada con sudor en la frente, no se muy bien por qué. El reloj marca las 3:57am. No recuerdo haber tenido ninguna pesadilla, no soy de tenerlas. Todavía no amanecía, y decidí hacer como que no pasó nada e intentar volver a dormir. Al segundo que cierro los ojos, acostado, escucho un ruido, fuerte, seco, como si hubieran tirado algo por la ventana. Detalle no menor, yo vivía en el 3c de ese mismo edificio, me había mudado hacía menos de un mes.  No le doy importancia al ruido aunque algo ...

Algo Más

La noche fría y apática como siempre, con ese sentimiento  de incertidumbre. Uno que se siente en el pecho y no  deja lugar a otro pensamiento que no sea de existencialismo. En fin, era una de esas noches. Ya no se sabía bien si la  velada estaba nublada de sustancia o del mismo  despecho del personaje de la historia. Pero lo que sí se  sabía, era lo tenso que estaba el aire. Como si el  sentimiento de desesperación por algo mejor, por algo  nuevo se pudiera agarrar. Con cada suspiro de nuestro  sospechoso pareciera que salieran palabras escritas,  dibujadas en el cielo. Una confesión de un crimen de desamor  hacía una vida de amargura y decepciones. Algo más, algo más. Él repite en su cabeza, una que ya está bastante  lejos. El solo quiere algo diferente, algo nuevo.  Siempre soñó, o por lo menos hace mucho que tiene una misma fantasía. Con una nueva forma de vivir.  Quiere encontrar algo que lo llene de pasión y mot...