Martín Pescador segundo
Hay algo de ese Martin Pescador, que viene durante el día, varias veces, a colgarse de la soga de la ropa. Ahí se sienta, se acomoda las plumas y luego se va.
Hace unos días ya que mi gato, el muy bandido, cazó un Martín Pescador. Me lo trajo hasta mis pies descalzos mientras tocaba la guitarra un día de sol. Tan bella ave, tan… muerta. Tan cerca mío.
Decidí tomarlo entre unas servilletas, llevarlo al fondo del jardín y con una palita de jardinería hacer un pozo. Lo enterré donde solía haber un árbol hace unos años. Si el pájaro sacará raíces, o si crecerá alto, alto tan alto como lo era el ficus.
Desde ese funeral que empecé a notar a un visitante en la tumba. Un familiar o amigo quizás. Otro pajarín, plumas marrones, pecho amarillo y rayas blancas en su pequeño rostro.
Se veía familiar.
Este segundo Martín Pescador viene seguido a colgarse en la soga de colgar la ropa. Y ahí se sienta, se acomoda las plumas pero da vueltas. Se lo nota inquieto generalmente. Nunca tranquilo. Mira para los lados. Pareciera que busca algo, o a alguien.
Yo observo como mi gato desde mi lado se prepara para el ataque. Pero el Martín Pescador siempre sabe cuando encarar vuelo. Un segundo antes de que el gato salte, él está en el aire. Es casi como una burla.
Me pregunto a veces qué tipo de venganza es volver al lugar del crímen, con el asesino y tentarlo de volver a matar y al último segundo, huir. O si se trata de frenar su día de vuelo, para duelar una muerte injusta pero natural.
En todo caso este pájaro tiene coraje, y el que está en la tierra tuvo alguien que lo quiso de verdad.
Robyn Pastor
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