Dentro de mí
[ADVERTENCIA: TEMÁTICAS SENSIBLES]
Cinco de la tarde empezaba la sesión. Como cualquier otro lunes. Estaba yo sentada en esa silla roja que aparenta ser cómoda, pero en realidad no lo es. En realidad, solo te recuerda de dónde estás sentada, de que estás loca y que tenés una familia rota.
La sesión de terapia comienza oficialmente cuando el Doctor Mateo Gutiérrez entra a la habitación a las cinco y siete minutos. Parecía que le gustaba hacer esperar un poco a sus pacientes, no sabía si para hacerlos sentirse menos o para sentirse él más importante. El Dr. me pregunta cómo estoy y ahí empieza el baile. “El baile” es a lo que yo llamaba al ida y vuelta de preguntas vacías. “¿Cómo estás?” “todo bien”
Me pregunta por mi familia, como andaban las cosas en casa. Con ese tono de voz de preocupación tan falso. Esa mirada y esa media sonrisa hipócritas. Desvío la mirada a la esquina de la habitación donde se encontraba un mueble, un tipo de estantería donde solo había un florero con flores falsas como la sonrisa de Mateo, y varios portarretratos vacíos. Yo contesto que todo bien. Otra respuesta vacía a su pregunta vacía. A sus cuadros vacíos.
“Sabés que así podemos estar toda la sesión, todo el tratamiento y no vamos a llegar a nada, ¿no?” dijo el Dr. Gutiérrez ya dejando la sonrisita de lado para tomar una actitud más seria. Yo resoplé y casi que entre dientes empecé a relatar como me fue en la semana.
“Discutí con mi hermana otra vez, es lo mismo de siempre. Ella nunca me escucha cuando le hablo y me da tanta bronca que me saque las cosas sin preguntarme. Me llega a sacar la planchita de nuevo sin permiso y la mato” escupí casi sin darme cuenta y cuando levanté la mirada me encontré con un Dr. Mateo Gutiérrez con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.
“Sentir frustración cuando alguien no te escucha es totalmente normal, y es entendible que a tu edad con los cambios hormonales por los que estás pasando te sientas más irritable” esta vez sonrió casi de forma grotesca. “Es algo exagerado, a decir verdad, pelear por una planchita de pelo, ¿no te parece? y también es entendible que si estás pasando por esos días estés más susceptible”
¿Entonces mi diagnóstico era la adolescencia, histeria femenina y de medicamento una caja de tampones? Este tratamiento no era mi favorito. Y yo lo dejaba notar en mi cara durante toda la consulta. Me quedé en silencio mirando al suelo durante unos largos segundos.
“¿Te molesta si intentamos algo nuevo hoy?” preguntó casi de inmediato. Di mi consentimiento, que mucho más no podía hacer, no nos íbamos a quedar viendo por la ventana en silencio, ¿no? No de nuevo. Él se paró y se paseó lentamente por el consultorio mientras me explicaba el procedimiento que íbamos a probar, y buscaba el equipo adecuado.
“Desde que empezamos el tratamiento hubo un obstáculo. Hay cosas que tenés que trabajar que tienen que ver con el pasado que te marcaron de forma traumática, pero que tu mente reprimió. Solo se pueden acceder desde el inconsciente. Y para eso, necesitamos que entres en un estado de relajación y de transe.”
Le pregunté si me iba a hipnotizar y me dijo que sí. Hay algo de los médicos que creen que la hipnosis sirve, que me da gracia. Hay algo de la hipnosis en sí, que no me termino de creer. Y hay algo del Dr. Gutiérrez que me resulta patético y extraño. Me dí vuelta sobre el respaldo de mi silla roja acolchonada para intentar entender qué es lo que tanto buscaba Mateo, pero lo que me encontré fue a un doctor descuidado, que, con el pantalón medio bajo, se le podía empezar a ver la raya cual plomero. Rápidamente volví la mirada hacia el frente con la cara roja como un tomate, y fijé mi vista inconscientemente en la esquina donde estaba el mueble extraño con las flores falsas. Mientras moría de vergüenza internamente, ví algo de reojo. La visión periférica es cuando, aunque estés viendo un punto fijo, aún podés ver o divisar las figuras de los alrededores de ese punto. Y lo que yo percibí con esa visión, logró que mi rostro pase de colorado a pálido en medio segundo. Que mis ojos sigan ese movimiento inmediatamente. Y que mi corazón se acelere, por las dudas. Al lado del jazmín falso, había un portarretrato. Marco dorado, se notaba que era una pintura cualquiera, y un tallado con un patrón. Se veía bastante barato, de esos que se compran en los bazares y que vienen con una foto de una familia feliz. Solo que éste, en vez de estar vacío como todos los demás, estaba completamente en negro. Lo me aterró fue haber visto un movimiento. Al principio pensé que era una rata, también por eso me asusté. Pero luego comprendí que se trataba de algo mucho más complejo y oscuro, que no iba a terminar de entender. Pero que daba miedo. Ese miedo que te genera la incertidumbre. Sabes que hay algo, algo muy mal pero no sabes qué. En este caso yo podía jurar haber vito la silueta de una persona, pequeña, casi de la estatura del cuadro en sí. Y justo cuando estaba empezando a cuestionarme mi sanidad mental, el doctor Gutiérrez me interrumpe.
El doctor volvió a sentarse con una cajita de madera en sus manos, parecía antigua y estaba tallada a mano. Me explicó que, con un reloj de bolsillo, que iba a tambalear delante mío, iba a mantener mi atención fija e hipnotizarme, para que me relajara. Acto seguido, el abre esa pequeña caja y saca dicho reloj. Para este momento yo intentaba fijar mi mirada en el doctor, tenía miedo de volver a ver el mueble. Creo que lo que me daba miedo era darme cuenta que realmente estaba loca, como todos tanto me repetían. Darles la razón. O que haya una rata. Mateo comenzó a tambalear el reloj como un péndulo, mientras recitaba unas oraciones que yo no escuchaba con atención.
Armándome de valor, mientras Mateo hacía su acto de mago de cuarta, eché un vistazo al mueble nuevamente y en especial a ese portarretratos. Y allí estaba. Una niña, de unos 8 o 10 años, dentro del marco del portarretratos, saludándome. Vuelvo la mirada a Mateo, aterradísima. En su cara solo una sonrisa enorme, el chasquea los dedos y me voy a dormir.
Veo a mi hermana, pidiéndome perdón. Veo a mi padre, bailando el vals con mi mamá en la noche del casamiento. Veo el divorcio. Veo el abuso, la violencia y los golpes. Veo a mamá llorando.
No veo nada, y siento frío.
Veo una vela, una vela roja a medio derretir. Veo muchas, cada vez son más y más. Veo sangre, ¿mía? Veo al Doctor Mateo Gutiérrez diciéndome que me ama sobre mi cuerpo inerte. Veo sexo.
No quiero ver más.
Despierto en un lugar vacío. Abro los ojos, pero no veo. Grito, pero no se escucha. A lo lejos veo una luz y la sigo desesperada ya. Mientras corro miro hacia abajo, mi cuerpo no existe. Cuando llego a esa luz, me golpeo y caigo a lo que supongo es el piso de este espacioso infierno. Algo no me deja seguir, algo como un vidrio. La luz se aclara como si se terminara de enfocar un lente de una cámara. Veo una habitación. Veo una silla roja acolchonada, en el medio de un consultorio. En esa silla, una adolescente sentada que juega con un collar que le cuelga del cuello. Se ve ansiosa, pero debería estar aterrada. Veo como entra el Dr. Mateo Gutiérrez a la habitación. Intento llamar su atención para advertirle, pero no parece verme, y no debe oírme desde dentro de este portarretratos.
Robyn Pastor
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