El Ruido

 

Todo comienza en un techo, no cualquier techo.

Un decimotercer piso, de su edificio, ese es el piso

de la terraza. El edificio era medianamente viejo,

tenía su antigüedad en la ciudad, muchos niños

susurraban por lo bajo que el mismo estaba

embrujado. Claro, teniendo ya sus años y siendo

uno de los edificios más antiguos en su apariencia

y menos pintorescos en el sentido de mantenimiento

del mismo, cualquier niño puede llegar a pensar que

está lleno de entes y fantasmas.

Me despierto una madrugada con sudor en la frente,

no se muy bien por qué. El reloj marca las 3:57am. No

recuerdo haber tenido ninguna pesadilla, no soy de

tenerlas. Todavía no amanecía, y decidí hacer como

que no pasó nada e intentar volver a dormir.

Al segundo que cierro los ojos, acostado, escucho un

ruido, fuerte, seco, como si hubieran tirado algo por

la ventana. Detalle no menor, yo vivía en el 3c de ese

mismo edificio, me había mudado hacía menos de un mes. 

No le doy importancia al ruido aunque algo me

queda rondando en la cabeza de las leyendas que

cuentan los niños y niñas de la ciudad. 

No pasan ni dos segundos que se escucha otro

ruido igual que el anterior. Y así se fueron dando

una secuencia de ruidos intercalados por momentos

de silencio que no tenían sentido alguno. 

Así que decidí armarme de valor e ir a investigar,

al día siguiente obvio no soy un maniático. Fuí a la

casa de mi vecina que resulta ser la que me alquila

el departamento. Ella no había oído nada. Pregunté

por el grupo de WhatsApp de los vecinos del edificio

y nadie había escuchado nada. Raro. Pero decidí no

darle mucha importancia, se ve que yo tuve un sueño

vívido o algo. Esa misma noche, misma hora, me

despierto nuevamente. 

Ésta vez fue diferente, empecé a escuchar los ruidos

de la noche anterior pero eran más fuertes, más

profundos, como si vinieran de adentro mío.

Los sentía en el alma, se podría decir. Había algo

de esa situación que cada vez me daba más y más

miedo. 

Me levanto de la cama y automáticamente me baja

la presión, quizá porque no había comido casi nada

últimamente, pensé.

Encaro directamente hacia la puerta y sin dudarlo

voy al ascensor, tenía que saber que pasaba. Mi plan

era simple, ir a la terraza y ver cuál era el quilombo. Fácil. 

Cuando subo al ascensor y se cierran las puertas,

siento que algo en mí no está bien, es como si al

cerrarse las puertas del ascensor se cerrase mi

garganta y no pudiera respirar.

El ascensor sube un piso. A todo ésto yo seguía

escuchando el ruido, pero cada vez más fuerte.

Intenté  mantener la calma pero mientras el ascensor

subía menos tranquilo estaba yo, sentía cosas. Y no

estoy hablando de mariposas en el estómago, no.

Estoy hablando de cosas feas, cosas que te erizan la

piel y te hacen sudar frío por la espalda. 

Ya en el sexto piso empecé a alucinar. Se derretían

levemente las paredes del ascensor y mi respiración

se aceleraba. Mi pulso se hizo uno con el ruido, era

como si llevará al ruido en la sangre. 

Octavo piso. Para éste momento yo no sabía que era

real y qué no. intenté fijarme la hora en el celular y

no entendí los números, como si fuese otro idioma.

No, otra lengua de otro mundo, veía símbolos que no

reconocía en la existencia humana, y no solo en el

celular sino también en todo el ascensor. Yo muerto

de miedo lo único que entendía era que seguía

subiendo por ese maldito ascensor.

Décimo piso. Ahora las paredes de éste infierno de

2x2 estaban bailando, abrazándome hasta que me

faltara el aire y luego alejándose tanto que las perdía

de mi campo de vista. Mi respiración ya no era una

respiración era una hiperventilación. Y las paredes a

medio derretir que retumbaban con el ruido, ese puto

ruido. No lo soportaba más, necesitaba que toda esa

locura pare.

Decimotercer piso. Las puertas del ascensor infernal

se abren y de repente todo para, yo me encuentro en

una esquina del mismo en posición fetal, lágrimas en

mi cara y una respiración agitada.

Cuando me logro incorporar, voy camino hacia la terraza.

No se cómo me quedaba voluntad para seguir

éste camino pero luego de todo lo que pasó

yo necesitaba saber que era ese ruido.

Me acerco lentamente a la puerta de la terraza mientras

el ruido se hace más intenso en mi cabeza,

ahora se sentía como la peor migraña

que uno se podría imaginar.

Abro la puerta de la terraza y me encuentro con una visión

nocturna de mi ciudad. Era hermoso, las luces a lo lejos…

la gente pasando… tan tranquilo todo… excepto por ese ruido,

que pareciera que yo soy el único que lo escucha. 

Miro para todos lados, ya desesperado, hasta que la ví. 

Ella estaba en una esquina de la terraza sentada al borde,

vestida de negro con largo pelo blanco pero joven,

o eso parecía. Cuando me acerqué ví que tenía algo en la mano,

era una flor, una margarita.

Le pregunté quién era, me dijo que no recordaba,

que ya había pasado mucho tiempo.

Me sentía muy bien en su compañía,

quería contarle todo pero en cambio le pregunté por la flor.

Ella me dijo que estaba jugando un juego de

"me quiere, no me quiere" y pude ver cómo caían los pétalos

por el rincón de la terraza lentamente hacia el suelo.

Que raro, pensé, en mi cabeza sonaba mucho más fuerte. 

Y antes de que pudiera preguntarle a quien le dedicaba

tal juego de niños ella desapareció,

y en su lugar solo quedó una margarita.

Pero el ruido no desapareció.

Viví con el ruido por 18 largos años.

A día de hoy puedo decir que ya llevo 7 años limpio de el ruido.


Robyn Pastor

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